Fundación Amigos de Nazaria Ignacia

La paloma fuera del arca

Nazaria va a dejar el colegio.

La situación de su casa es mala. Ella lo sabe bien.

Además, le cuesta dejar el Colegio, donde tantas gracias ha recibido de Dios, donde ha sido tan feliz  y las religiosas tan buenas.

¿Cuánto dolor en la separación!…pero está dispuesta.

Ahora, olvidándose de sí misma, va a dar su felicidad a los suyos, sobre todo a su madre que tanto sufre.

Sale del Colegio el día 26 de septiembre de 1901.

Naturalmente, ha sentido el cambio, el contraste fue muy fuerte, dejar el colegio por el ambiente familiar, tanto, que llegó a decir a su hermana, que la vio llorar:

“Lloro porque no está Jesús…¡Hace tanto frío en esta casa!”

Por fortuna, envían a los niños con sus abuelos. Allí el ambiente es más religioso y Nazaria, en manos de Dios, será el lazo de unión entre todos, llegando a conseguir que se reanuden las relaciones familiares.

Tiene que sufrir algo por parte de sus hermanitos, que la llaman la “beatita”. La diafanía de Dios , de que hablábamos anteriormente, se trasluce… se deja sentir y le ponen la etiqueta, que no se sabe por qué, tienen un significado muy pobre y casi burlesco.

Supo sobreponerse y abrir su corazón a todos. Se hizo querer y pronto reunió un grupo de amigas, entre las que estaban sus primas, formando con ellas el “Rebañito del Niño Jesús”.

Muy bien transmitió el “mensaje” que le dieran a conocer las religiosas del colegio, sin olvidar de hacer amena la convivencia de todas, organizando veladas recreativas.

Ella es feliz, pero no está contenta. Le parece que está demasiado bien y piensa que su madre está sola en Sevilla. Quiere irse con ella porque piensa que es su deber.

Ya en su casa, sigue su programa de poner alegría donde hay tantos nubarrones de tristeza.

Y viene lo que tenía que venir: Sus padres procuran darla a conocer. Es tan graciosa, tan simpática, que , como es natural, las puertas se le abren al hacer “su entrada en sociedad”. Piensan que puede ser un medio de asegurar su porvenir al verla cortejada por un buen partido. Nazaria sintió el impacto, pero también una voz interior que la llamaba “traidora”.

Siente que se rebela: “Yo también quiero gozar”. pero con más insistencia, la voz interna le susurraba: “¡traidora”.

Sí, Nazaria tuvo sus “tentaciones”. Era mujer… y ¿dónde encontrar una mujer que no tenga deseos de agradar?

“Quise amar, lo confieso ruborizada en tu presencia, pero en el amor de la tierra sólo encontré vanidad y aflicción de espíritu”.

Con su habitual sencillez nos lo cuenta:

“Alejada de Ti pronto hubiera caído, como alocada mariposa en la red que el mundo me tendía… Me sentía amada, pero se hace forzoso dejar al hombre cuando una se ha visto amada por Dios.”

Realmente,  a quien siente el amor de Dios, los otros amores le parecen poco. No es desengaño ni amargura, es una insatisfacción.

Es muy expresiva la comparación de Carlos Carreto: “El hombre, hecho así, vive en la tierra, pero busca el cielo; escoge una esposa  y se encuentra solo; da la vida a los hijos y permanece solitario en medio de ellos. Hay en él algo que nunca queda satisfecho…Sólo Dios es la satisfacción”.

¿No nos recuerda estos las luchas de Teresa? En los dos casos la gracia triunfó y las dos salieron fortalecidas de la tentación para más darse a Dios y seguir más de cerca el camino del seguimiento de Jesús.

Por lo pronto, Nazaria se dio a la penitencia, entrando en la tercera orden de San Francisco. Muchas noches dormía sobre el suelo y sabía encontrar ocasión de privarse de muchas cosas.

Entre sus hermanos, Carmencita, la más pequeña, era la preferida. Había muchas cosas en común entre ellas.

En cierta ocasión, Nazaria hizo para las dos unas crucecitas espinosas con ramas de rosal. Como es natural, sentían el dolor y Carmencita lloraba.

El ama riñó a Nazaria, que no se calla , y le contesta:

“No te metas, Carmencita y yo tenemos los mismos gustos”.

Y para cortar toda réplica añade: “Tú no entiendes de eso”.

Por supuesto que no entendía. Lo extraño es que entendieran las niñas.

¿Amor al sacrificio, a la cruz? Allí está Dios que oculta esas cosas a los grandes y poderosos y las descubre a los pequeños.

Las crucecitas de ramas de rosal las cambiará por una de puntas de acero que llevará sobre el pecho.

Su sonrisa alegre, su actividad casi continua, que se multiplicaba para servir, sabía ocultar los inevitables dolores de aquellos instrumentos penitenciales. Pero esto merece capítulo aparte.

También Carmencita cambió aquellos cilicios de niña por la vida austera de las Hermanas de la Cruz, fundadas en México. Más tarde pasó al Instituto fundado por su hermana, donde se prodigó heroicamente, vivió humillaciones sin privilegio alguno, muriendo santamente en él en la ciudad de Buenos Aires.

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