Fundación Amigos de Nazaria Ignacia

La niña crecía

Cuando Nazaria y Amparo nacieron, sus padres vivían en Madrid. Era una época en la que  ostenían una posición económicamente desahogada y tenían una servidumbre de acuerdo a su posición. Pero esto no duró mucho.

Pocos años después, la salud de Nazaria se resintió, hasta llegar a peligrar su vida. El caso es que la niña estaba muy débil y el frio de Madrid no le convenía.

La “florecilla” se marchitaba…Había que trasladarla, buscarle un “invernadero”, y los padres decidieron enviarla a la floreada Andalucía a la casa de sus abuelos maternos en Sanlúcar La Mayor.

Nazaria y su padreCalor por dentro y por fuera, ya que el clima era cálido y el ambiente religioso era muy bueno, que es lo que faltaba en el hogar March. Don José no entraba por eso.

Siendo Fundadora decía a sus hijas: “Mi padre no era católico practicante, yo lo ofrecí todo por su conversión. Hoy ha vuelto a Dios.”

Doña Nazaria, agobiada por el peso de la familia y con una formación religiosa débil, muy común entonces, no tenía la fuerza suficiente para vivir en un ambiente de capital, en aquellos tiempos de Liberalismo y así se dejaba llevar…

Nazaria encajó perfectamente con sus abuelos. Doña Ignacia se entusiasma con la nieta. Es tan menudita, tan viva, con un marcado carácter andaluz tan simpático…, que se encariña con ella y la mima todo lo que puede. Nazaria se deja querer y sin darse cuenta, con sus gracias y su alegría va despejando un poco la nube que dejó en la familia la boda de sus padres. Es verdad que las relaciones no se han roto, pero están distanciadas.

Los frecuentes viajes del señor March a América, el aumento de la familia, con tantos hijos, conmueve el corazón de los abuelos, que para ayudar a la hija en las ausencias del marido, le alquilan una casa en Sevilla, en la Plaza de la Contratación, donde se instalan.

La niña va creciendo…, apenas tiene cinco años, pero es de gran capacidad de percepción. Se diría que es la mayor, si no fuera porque es pequeña de estatura. Hay en Sanlúcar un “palomarcico” carmelitano. En uno de tantos días que sale con sus amigas, entran en la capilla del convento, quieren imponerse el escapulario de la Virgen del Carmen.

A Nazaria le impresiona la iglesia. Aquella reja, que apenas deja vislumbrar la figura de las religiosas no le hace mucha gracia. Es su primer contacto con las monjas.

Veamos cómo nos cuenta ella misma esta visita que tan profundamente se le grabó:

“Tenía yo cinco años; vestida de blanco, por primera vez me arrodillé ante el altar de un convento de carmelitas para recibir el escapulario. Mis ojos se fijaron en las duras rejas, e instintivamente te miré, Jesús mío, en el sagrario. ¡No te conocía! No sé lo que pasó por mi imaginación de niña pero presentí que yo también sería monja” ¿Monja?… ¿Ella, con tantas ganas de aire libre, con ansias de sol y vida?… Claro que no podía captar su realidad. ¡Son tan pocos los cinco años! Pero Dios tenía prisa de sembrar el grano que ya iría regando.

Nazaria y AmparoNazaria va cambiando. La tranquilidad del pueblo, la mayor religiosidad de los abuelos y el trato con otras niñas de su edad, la van abriendo al exterior.

Interiormente, Dios no la deja y empieza a sentir los primeros toques de su vocación misionera.

Era gracioso verla subida en una silla “arrengando” a sus hermanitos mientras era la hora de cenar. Los quería mucho.

Su amor era un amor de verdad, de los que saben dar, porque, a pesar de no ser la mayor, se siente un poco como su “madrecita”. Por eso, cuando le regalan algo, como si no fuera niña que lo quiere todo para sí, lo reparten entre ellos y si alguno ha hecho alguna travesura y temeroso del castigo calla, ella se ofrece a sufrirlo. “Mamá. Si no ha sido nadie, entonces he sido yo”, sin pensar, en su ingenuidad, que con esto declara su inocencia.

Nazaria crecía…, ya casi tiene siete años. El tiempo pasa, con la consiguiente preocupación de la abuela, que piensa en su formación, ante la crisis económica en que se encontraban. Quiere que sea un colegio de religiosas, pero teme la reacción del padre, que, como ya hemos dicho, es alérgico a las monjas.

Hay que esperar… y la ocasión se presenta pronto: en uno de sus viajes a América, al ausentarse de España, deja el campo libre, Cuando vuelva, ya el hecho estará consumado.

Piensa en el colegio de las Comendadoras del Espiritu Santo, fundado en Sevilla para la educación de niñas de familias nobles venidas a menos. La situación de crisis en que se encontraban, encajaba perfectamente en el fin de la Institución. Aunque ella no pertenece a la “nobleza”, la abuela consigue del Arzobispado una “beca de gracia” para su nieta. Allí pasaría Nazaria cinco años y allí se daría su primera “cita de amor”. Corría el año 1896, la fiesta se fijó para el dos de febrero. Iría con su hermana gemela, Amparo.

Nazaria era niña y por lo tanto, no le apetecía mucho el colegio, que siempre supone sujeción, horas de estudio, reglamento, silencio, quietud… Ella, ¡tan vivaracha y dicharachera!

También, como es natural, la separación de los suyos le costaba y como los niños, lo mismo lloran que ríen, aquellas lágrimas de despedida se secaron dejando aparecer una sonrisa, cuando la madre le puso un trajecito nuevo de terciopelo rojo. Cuando se miró al espejo quedó encantada, estaba preciosa. Al fin mujer, aunque en miniatura, dijo: “Mamá, mamá, ¡qué lindo!…Yo quiero vestir siempre así”Vestido de color rojo para su “presentación en el templo”. Para el día de su última “cita en la casa del Padre”, también vestirá de rojo, una bocanada de sangre roja le cortó la vida.

Dios le había concedido lo que parecía un capricho de niña y había resultado ser un “signo profético”. No fueron dos hechos aislados. Hubo mucha “sangre” en su vida.

Los médicos que la asistieron en sus últimos momentos, certificaron que su muerte se debía a una dilatación del corazón debida al sufrimiento.

Nazaria rezando

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