Fundación Amigos de Nazaria Ignacia

Dios entre los pobres

También podemos decir. “Donde hay caridad y amor allí está Dios”
Siempre la ha habido en el mundo. Son muchos los pioneros de la caridad y muchos los que la tienen y no se ve.

San Vicente, el gran protector de los pobres, arde en amor por ellos. No descansa buscando medio para ayudarlos: predica con ocasión y sin ella para conseguir limosna. La gente lo escucha, se conmueve, su ejemplo contagia y sus palabras, dichas con toda el alma, impactan.
Vienen muchos que ofrecen y dan y así, poco a poco, se forman grupos dedicados a ayudar a los necesitados, a dar de comer a los que tienen hambre. Así se van formando las Conferencias, que llevan el nombre de su Santo Fundador.

También en Sevilla las hay. Allá, por el comienzo del siglo XX, en su presidenta Doña Blanca Fernández de Córdoba,Marquesa de Cubas, que contrajo matrimonio con D.Andrés Lasso de la Vega y Quintanilla, Conde de Casa Galindo, Personas muy caritativas y de gran corazón para ayudar a los necesitados. Por los salones del palacio de Casa Galindo también andaba el Señor, porque “donde hay caridad y amor,Allí está Dios!

Doña Blanca ha quedado viuda, ella es la Presidenta de las Conferencias Vicentinas. Ejerce la caridad sin ostentación, con delicadísima sencillez, dándose a sí misma en bien de los más necesitados.

Todos los años, en Jueves Santo, la Condesa, más noble por su caridad que por sus blasones, y llevada de su amor hacia los pobres, organizaba en su palacio la ceremonia litúrgica del día.  Invitaba a doce pobres, a los que lavaba ella misma los pies, dándoles a continuación una comida, que también ella servía personalmente.

No faltaron personas que, lo que era caridad, lo vieran como ostentación, vanidad, deseo de renombre y contrario al espíritu evangélico que manda:

“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha”. Qué terribles son las consecuencias de nuestros falsos juicios, cuyo origen suele ser la pasión baja de la envidia.

Para no dar pábulo a las habladurías,  hubo que trasladar todo a una casa modesta en la que no se llamara la atención.

También la Iglesia, en sus comienzos, tuvo que ocultarse en las catacumbas…, la vida de los primeros cristianos hacía daño a los que no vivían de acuerdo con las enseñanzas del Maestro.

Aún quedan en Roma las catacumbas, como recuerdo imperecedero de aquella semilla que creció hasta hacerse árbol frondoso.

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