Fundación Amigos de Nazaria Ignacia

Colegiala

Hay que haberla conocido para figurársela en este primer día de colegio. ¡Es tan natural el despiste!… Todo es nuevo y, por lo tanto, hay expectación, cortedad, temor de hacer algo mal y que se rían.

¿Quién no ha pasado por eso? Es propio de ese verdadero transplante que supone el cambio del ambiente familiar, donde el niño siente la mano de su madre que lo sostiene y a quien puede acudir y el del colegio, donde se ve solo entre caras desconocidas.

Por eso, se empieza a sentir personaje y ve que algo ha cambiado en él y actúa instintivamente, como queriendo guardarse a sí mismo.

Yo, que la conocí, me la figuro con su cara picarilla, que tantas veces ponía, aín siendo Fundadora y que tanta gracia le daba… Fijándose en todo, captándolo todo.

La presencia de su hermana la ayudaría para sentirse fuerte. Seguro que, aunque sólo fuera por gestos, cambiaría impresiones con ella y esto le haría perder el disgusto propio de este primer día de colegio.

Llegó la hora de la comida. Por ser el día de la Presentación de la Virgen, las dos hermanas esperaban algo más bueno. En la casa, aún en los días más difíciles había siempre algún pequeño extraordinario. Lo esperaban con ilusión. La carita pícara se cambió en un momento por otra de fastidio… ¡Potaje de garbanzos!¡Qué desilusión! Nuevo cambio. Las dos caritas se pusieron como la del enfermo moribundo…¡Se encontraban tan mal!…

Muy bien les salió el truco. La Hermana, ante la gravedad de las niñas, cedió. Cuál no sería su sorpresa cuando las dos caritas de besugo muerto habían recobrado la vida y estaban radiantes y hasta aseguraron que estaban completamente curadas.

¿Milagro? Sí, pero esta vez no fue Dios el que lo hizo, sino unos prosaicos huevos fritos con su correspondiente suplemento de patatas fritas y calentitas, que era su plato favorito.

«Acabáramos», diría la buena hermana, que también, instantáneamente, caló a las pequeñas.

No puedo asegurarlo, pero creo que la protagonistsa fue Nazaria, que arrastró a su hermana. Había nacido líder, para hacer prosélitos y comenzaba a personalizarse.

Pronto se adaptó y se abrió: alegre, juguetona, empezó a hacer de las suyas. «Travesuras de un ángel»

Ya Nazaria está contenta en el colegio. Ya es lo que es. Todas sus travesuras tenían origen en su temperamento, en su extraordinaria vitalidad, que no la dejaba estarse quieta. Nunca se dieron en ella los recovecos de las intenciones torcidas, con su amalgama de envidiejas, falsedades, egoísmos, disimulos. Tenía un corazón muy abierto y muy grande y unas ganas tremendas de correr y… ¿por qué no?… de divertirse.

Esto suponía para las religiosas un poco de intranquilidad. Nunca se sabía por dónde saldría. ¡Tenía tantas ocurrencias!…

Una parte del programa de formación consistía en una lectura que tenían las alumnas por las tardes a la sombra de los limoneros del patio. Copiamos de las Constrituciones de las Comendadoras: «se les dará una educación esmerada, formándolas en la piedad sólida […] y una cultura general, instruyéndolas en las labores propias de su sexo y enseñándoles latín, canto y música».

Nazaria escuchaba. pero tenía que mover algo aunque sólo fuera con las manos. No podía estar quieta. Los mosquitos, propio de la época estival, se dejaron sentir. La niña, para despejar un poco la cabeza, se entretenía ensartando mosquitos con su aguja, para después adornar las columnas del patio con estos estrambóticos collares.

Tenía también muy desarrollado el sentido del humor. Sabía suavizar sus condenas con algunas de sus travesuras, con una nueva ocurrencia, que ponía en tensión a la maestra.

Su movilidad era tal que, un día, para que se estuviera quieta, la cabeza le colocó sobre la cabeza el gran libro del Martirologio. No había más remedio. Con graciosa serenidad caminaba con el texto, ante la estupefacción y la risa de todas. ¿Quién podría atar a un poste al «potrillo» que Nazaria llevaba dentro?

El Señor la dejó desfogarse, para después encauzarla sin quitarle nada de ese fuego y esa vitalidad, tan necesaria para recorrer el camino de su entrega y del trabajo «por Cristo, la Iglesia y las almas», que será el lema de su Instrituto y la senda a recorrer por ella y sus hijas.

Tenía mucho de Javier. Como para el gran misionero, el mundo era pequeño para ella.

Dios empezó a tomar las riendas, que ya, con el tira y afloja necesario, no soltaría. Pero él actúa casi siempre a través de las causas segundas. En este caso se valió de una compañera de las mayores del colegio.

Ella la puso en contacto con Dios. Le habló de cuánto El la amaba y cómo ella debía amarlo también con toda la fuerza de su cariño. Le enseñó el «ofrecimiento de obras»: cada puntada, cada rato de estudio quietecita, podría ser un acto de amor, que pondría muy contento a Dios y salvaría muchas almas para Jesús.

Y desde entonces todo cambió. Aquellas palabras cayeron en buena tierra…, tierra del ciento por uno, que dio cosecha abundante. Había encontrado su resorte, ya tenía cauce su sacrificio.

No estudiaba ni estaba quieta porque se lo mandaran, ella lo haría para dar gusto a Dios y salvar almas. Ya tenía la niña una motivación, que sería la semilla de su vocación misionera.

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